La respuesta corta es sí… y no. La historia real es bastante mejor.
Cuando alguien dice que una joya es de "18 quilates" o que el oro más puro tiene "24 quilates", pocas veces se pregunta de dónde viene ese número. La respuesta está en un árbol que cualquier ibicenco conoce bien: el algarrobo. En ibicenco, Garrover. En botánica, Ceratonia siliqua. Y en los campos de la isla, un viejo conocido que da sombra, fruto y, según resulta, también le puso nombre al oro.

Una semilla con superpoderes
Las semillas de algarroba eran conocidas desde la antigüedad por tener un peso extraordinariamente uniforme, lo que las hacía ideales para usarlas como medida en el comercio. Una semilla pesa aproximadamente 0,2 gramos. En una época sin básculas de precisión, esa consistencia era casi un milagro de la naturaleza. Esas semillas pesaban igual en Grecia, en Egipto o en la costa de Iberia. Un comerciante podía recoger un puñado de algarrobas en cualquier puerto del Mediterráneo y tener siempre la misma referencia. Era la naturaleza haciendo de notaria.

De la vaina al vocabulario
La palabra quilate viene del árabe qīrāṭ, nombre de la semilla de la algarroba, que a su vez procede del griego kerátion, literalmente "cuernecillo", por la forma curva de la legumbre. De ahí también viene Ceratonia, el nombre científico del árbol: el árbol de los frutos en forma de cuerno.
El recorrido de la palabra es tan mediterráneo como el propio árbol: griego → árabe → español. Y por el camino, se quedó pegada para siempre al oro.
¿Y los 24 quilates?
Aquí viene el giro. Con el paso de los siglos, el quilate dejó de ser una unidad de peso para convertirse en una medida de pureza. En una aleación que contiene oro y otros metales, un quilate equivale a 1/24 de oro puro. Es decir, el oro de 24 quilates es oro puro al 99,99%. Así que cuando dices "oro de 24 quilates", estás diciendo, sin saberlo, que ese oro vale exactamente 24 semillas de algarroba. No en peso, sino en pureza absoluta.
El árbol que no necesita presentación

Los algarrobos daban alimento en las malas y sombra en las buenas, especialmente durante la posguerra, cuando la hambruna obligaba a aprovechar un fruto que apenas gozaba de consideración. Hoy los campos de Ibiza siguen salpicados de estos árboles de tronco retorcido y copa generosa. En Baleares el cultivo del algarrobo representa en torno al 20% del conjunto de la producción española, la mayor del mundo.
Un árbol modesto, resistente, que no necesita casi agua ni suelo fértil. Que da fruto a los ocho años y puede vivir más de 150. Y que, sin pretenderlo, le dio nombre a la unidad con la que el mundo mide el oro desde hace más de dos mil años.
La próxima vez que veas un algarrobo en un campo de Ibiza, ya sabes: estás mirando el árbol que inventó el quilate.