Donde los ricos también lloran
The Guide

The Guide · 29 jun 2026

Donde los ricos también lloran

Entre Ibiza y Formentera existe un paraíso prohibido para los yates reservado solo para ibicencos que conocen sus aguas.

La cala que no tiene portero, pero rechaza igual

Se llama Sa Torreta. Es una bahía en el extremo noroeste del islote de S'Espalmador. Una pequeña isla privada entre Ibiza y Formentera que en 2018 cambió de manos por 18 millones de euros. La bahía mide poco más de 170 metros de largo y apenas 15 de ancho. Está orientada al oeste, completamente abrigada por la Illa de Sa Torreta, un islote que actúa como escudo natural contra el oleaje. El resultado es un agua que en verano parece un lago de montaña: inmóvil, cristalina, irreal. El tipo de agua que ves y piensas tengo que entrar ahí, justo antes de tomar la peor decisión náutica de tu vida.

Su nombre viene de una antigua torre de vigilancia, hoy desaparecida, que en otra época controlaba el paso de barcos entre las dos islas. La historia tiene cierta ironía: la torre ya no existe, pero el lugar sigue ejerciendo su propio control de acceso. Solo que ahora lo ejerce el fondo marino, que no tiene horario ni acepta propinas.

Vista aérea de S'Espalmador, Ibiza — yate navegando sobre bajos de roca en aguas turquesa entre Ibiza y Formentera
Los fondos rocosos visibles desde el aire son invisibles para quien no conoce estas aguas. Algunos lo ven a tiempo y se quedan con las ganas. Otros corren peor suerte y forman parte del espectáculo de los sábados.

Solo para ibicencos y algún que otro enterado

Sa Torreta tiene dos entradas. La primera es tan poco profunda que resulta impracticable para cualquier embarcación que no sea un kayak o una persona con mucho optimismo y poco barco. La segunda parece ancha, incluso generosa.

Cuando te acercas —y tienes que hacerlo despacio, muy despacio— se te echan encima los problemas: el fondo está lleno de piedra. Hay un pasillo. Un único corredor de arena navegable de apenas unos metros de anchura, flanqueado por bajos de roca que no figuran en ninguna guía con suficiente precisión. Un error de cálculo de pocos metros puede significar un golpe seco en el casco. No hay señalización. No hay balizas. Solo el conocimiento del que ha pasado decenas de veces, y el instinto del que sabe leer el agua.

Eso descarta prácticamente toda la flota de alquiler de Ibiza. Descarta los veleros y, sobre todo, los yates. Y los yates son los que mandan en todo el Mediterráneo, excepto aquí, donde manda el fondo marino y no se negocia.

El tac, tac, tac que vale más que un yate

El llaut —en ibicenco, el yaut— es probablemente la embarcación más humilde y con mejor reputación del Mediterráneo. Barca de madera, motor diésel, eslora entre cuatro y doce metros, casco simétrico con proa y popa casi iguales. Cuando arranca, hace tac, tac, tac, tac. No impresiona a nadie en un puerto. A un recién llegado le parece el barco ridículo del abuelo pescador.

Durante siglos, el llaut fue el barco que servía para casi todo en una isla: pescar cerca de la costa, llevar capturas al puerto, transportar mercancías y personas entre calas. La clave no está en la velocidad. Está en el calado. El llaut puede llegar hasta la arena sin encallar, meterse donde otros no entran. Y cuando llevas toda la vida navegando estas aguas, sabes exactamente cuál es el camino.

Con el tiempo, se entiende que ese tac, tac, tac era la banda sonora del único billete que da acceso a ciertos paraísos perdidos. Un privilegio fuera del alcance del millonario que acaba de comprarse su primer barco de doce metros y su primera deuda de autoestima.

Pablo Gumucio navegando en el yaúd de su suegro Francisco camino a Sa Torreta, con Dalt Vila al fondo. Ibiza, 2003
Navegando camino a Sa Torreta en el yaúd de mis suegros, Francisco y Mari. 2003.

El espectáculo de los sábados (entrada gratuita, primera fila para el del llaut)

Los ibicencos que conocen Sa Torreta tienen una relación particular con el verano. Mientras el resto de la costa se convierte en una extensión del aeropuerto —embarcaciones de alquiler, patrones de fin de semana, turistas y capitanes de YouTube— ellos tienen un refugio al que nadie puede seguirles.

Y lo aprovechan.

Porque cuando alguien que no conoce el sitio intenta entrar —atraído por el color del agua, por el silencio inusual que debería ser la primera señal de advertencia— lo que ocurre a continuación es uno de los mejores espectáculos náuticos del verano. El ibicenco que lleva fondeado desde primera hora, con su llaut amarrado a dos metros de la arena y su nevera en cubierta, tiene primera fila para verlo.

No siempre hay golpe. A veces hay marcha atrás a tiempo, sudor frío y motor a fondo hacia aguas seguras. Pero a veces hay golpe. Y el ibicenco —que no ríe por crueldad sino por el reconocimiento de algo que lleva en los genes— entiende que hay sabidurías que no se compran ni con dinero ni con la mejor aplicación de navegación del mercado.

La paradoja del lujo

Hay algo profundamente mediterráneo en esto. En el resto del mundo, el dinero abre puertas. Compra acceso, privacidad, exclusividad. En Ibiza en verano, esa lógica funciona en casi todos los rincones. El yate de cincuenta metros atraca donde quiere. La villa con helipuerto tiene sus propias calas privadas.

Excepto aquí. En Sa Torreta, el filtro no es económico. Es generacional. Es el conocimiento acumulado de haber crecido mirando el mar, de haber aprendido a leer el color del agua para saber dónde está la roca, de haber pasado por ese corredor de arena cien veces con el motor al ralentí y las manos tensas en la caña. Ese conocimiento no se transfiere con una aplicación de navegación. No lo vende ninguna empresa de chárter. No lo tiene el millonario que acaba de comprarse el barco y todavía huele a concesionario.

Y por eso, en Sa Torreta, el hombre del llaut con el motor que hace tac, tac, tac tiene algo que el patrón del yate no puede comprar: el sitio para él solo. Y de vez en cuando, el espectáculo asegurado.

Por qué te contamos esto desde Capeï

Llevamos aquí suficiente tiempo como para saber que Ibiza no es solo lo que se ve desde la cubierta de un barco grande. La isla tiene pliegues. Lugares que resisten. Conocimientos que se heredan y que no aparecen en ninguna guía, precisamente porque los que los tienen prefieren que siga siendo así. La próxima vez que estés en Formentera y veas a alguien tranquilo en un rincón al que tú no puedes llegar, no te frustres. El tac, tac, tac de un motor diésel, a veces, es el sonido del privilegio de verdad.

Pablo Gumucio, Capeï Ibiza
Capeï Ibiza · San Antonio, Ibiza

No soy ibicenco. Y lo digo sin complejos, porque creo que precisamente eso me da una perspectiva diferente para contarte una historia distinta: la de alguien que llegó de fuera, se enamoró de la isla y, con el tiempo, consiguió que la isla le abriera las puertas a la verdad, la que no te venden.

Hace casi 25 años me casé con una ibicenca. Su familia lleva generaciones aquí, son los propietarios de Capeï Ibiza, uno de los pocos lugares que quedan donde todavía se respira algo genuino, familiar y con identidad. Esa familia me enseñó con los años una Ibiza que no se encuentra en las guías. Una Ibiza que se transmite de boca en boca, de generación en generación, entre personas que conocen cada rincón de la isla porque han vivido en ella siempre.

Llevo más de doce años residiendo en Ibiza de forma permanente. Y cuanto más tiempo paso, más me sorprende la distancia que existe entre la isla que se vende y la isla que es, la real.

Las guías repiten siempre lo mismo: las calas, las fiestas, los atardeceres. Todo eso es cierto, pero Ibiza guarda algo mucho más valioso que eso, historias fascinantes, tradiciones antiguas, curiosidades que te hacen ver la isla con otros ojos. Cosas que están ahí, a la vista, pero que pasan desapercibidas cuando solo tienes una semana de vacaciones.

Este espacio es mi granito de arena para contarte esa otra Ibiza. Sin filtros, sin estereotipos, sin adornos. Solo lo que he aprendido con el tiempo, la familia y con el privilegio de haberme quedado.

P.Gumucio